Antony and the Johnsons – I am a bird now

índiceLa tripulante Kowalsky se levantó melancólica esta mañana. Casi sin darse cuenta, se percibió a sí misma como un insecto deambulando por el cosmos ígnoto e infinito, hasta que su evidente insignificancia hizo mella en su autoestima. El hecho de tener que abandonar el planeta Tierra para lanzarse hacia el sumidero de la galaxia ha profundizado su natural sentimiento de alienación y, en su interior, ha descubierto un hueco difícil de llenar, lo cual se traduce en una angustiosa presión latente que en cualquier momento puede estallar. Un lamento por la pérdida de sus raíces. Aun así, se trata de un lamento esperanzado por la metamorfosis que adivina en su personalidad futura. Ya nada será igual (pero no tiene por qué ser peor).images2

Buscando algún disco adecuado para sobrellevar estas tensiones, la tripulante Kowalsky se dio de bruces con ‘I am a bird now’, de Antony and the Johnsons. El mismo. O la misma. O ambas cosas. Un lío en un mundo tan poco dado a los matices. Como la atribulada mente de Kowalsky en estos momentos inciertos, tan cerca del vértigo del despegue.

BinaryCacheServletAntony Hegarty graba unos discos mayúsculos a la par que intimistas, con aquel falsete trágico de ojos humedecidos, tan oportuno para vehicular sus reivindicativos discursos de libertad sexual y de orgullo transgénero sin perder ni un ápice de credibilidad ni de sentido del espectáculo. Partidario de sentirse tan hombre como mujer en un mundo bipolar y excluyente, con su look mitad Oscar Wilde mitad monje ortodoxo (Josep Massot dixit), se ha convertido en un artista total que, en sus interpretaciones al piano o con su banda de acompañamiento (The Johnsons u otros), ofrece motivos musicales y extramusicales a partes iguales, con igual poder de convicción. Su entrega solemne y su pinta de diva de ópera lampiña y ultrajada generan una tensión ideal para cantar unos textos y músicas que parece que le broten de la más honda entraña. Unos textos que siempre suponen un desafío, que reflejan situaciones poco comunes, que persiguen la comprensión de sentimientos singulares.

índice2I am a bird now, editado en 2005, es su segundo LP. Contiene 10 temas compuestos al piano con una atmósfera unitaria, casi conceptual, alrededor de unas ideas clave: redefinamos nuestra situación, celebremos el presente y olvidemos sufrimientos futuros. Justo lo que la tripulante Kowalsky andaba buscando, aunque por diferentes razones que no le impiden empatizar con el/la cantante. Antony contó en esta ocasión con las colaboraciones estelares de Lou Reed, Boy George, Rufus Wainwright y Devendra Banhart.

1. Hope There’s Someone: ‘Espero que haya alguien / ¿Quién va a cuidar de mí cuando me muera?’
Fragilidad quebradiza. Está asustado. Cae la noche y no sabe cómo dormir. Espera que haya alguien ahí cuando vaya a morir. Cuando esté a punto de irse. Se pregunta quién se va a ocupar de él –o de ella- (¿será el fantasma que aparece en el horizonte? ¿Será el hombre que ha venido esta noche?) Se da por vencido, caerá a sus pies para, al fin, descansar la cabeza con los ojos cerrados. Solemne celebración de las diferencias. En la sección final, un piano retumba hasta acoplarse, tan irritante que nos indica que no es un tema para radiofórmula.

2. My lady story: El lamento de una mujer rota, humillada por alguien a quien amaba (¿un hombre?) y a quien quizá todavía se quiere.
“Mi historia de mujer / es una historia de aniquilación
Mi historia de mujer / es la historia de una amputación de mama
Soy un agujero enamorado / soy una novia en llamas
Estoy tan rota / pero todavía quiero ver los ojos brillando / sobre mi belleza perdida”
Traiciones íntimas. Resentimientos largamente meditados. Un largo lamento por la belleza perdida. Su historia como mujer. Como un agujero enamorado. Como una novia en llamas. Pero su vientre es un océano de dolor y de rabia. Se adivina la venganza.

images33. Today I Am A Boy: El deseo de un niño por crecer y convertirse en una hermosa mujer. “Un día creceré y seré una hermosa mujer, una hermosa chica. Pero hoy soy un niño, un chico. Por hoy soy un niño”. Una suplicante a la vez que orgullosa disolución de las fronteras de género. Una celebración del transgénero que huye de dificultades futuras. Se adivina el gozo mientras se espera la discriminación en la sociedad de la exclusión implacable, a la que habrá que vencer.

4. Man Is The Baby: Una celebración ante un nacimiento. “Perdóname, déjame vivir, bendice mi destino, mi espíritu libre. El hombre es el niño. Deseo de ser olvidado, perdonado”. Vive y deja vivir. Deseo de que llegue un día triste. El hombre es el bebé. Deseo de libertad. De romper amarras con lo que la naturaleza nos dejó, con lo que nos hizo. Deseo de romper con el destino. Un deseo.

5. You Are My Sister: Un sentido homenaje a una hermana (real o figurada). Tan diferente a él cuando eran niños, pero con el tiempo cada vez más próxima, más cómplice. Como tantos, el protagonista experimenta una difícil travesía desde niño. Pero ella le acompañó a través de su enrevesado mundo protegida sólo por su bondad. Por ello él la quiere. Y le desea lo mejor: que sus sueños se hagan realidad, quizá tanto como se han hecho los suyos también. El protagonista habla desde otra orilla, ya a salvo.

6. What can I do: ¿Qué puedo hacer yo cuando el pájaro tiene que morir? ¿Qué puedo hacer yo cuando ella es demasiado débil para volar? ¿Qué puedo hacer? Ante la muerte (de un ser que ya no puede volar y le llama de lejos). Él paralizado, atenazado por el miedo y el desconcierto, pide ayuda para actuar. ¿Qué puede hacer? Es la desnudez ante la muerte, la grandiosa vulnerabilidad en que vivimos. Somos unos héroes.

images7. Fistful Of Love: Una relación apasionada y compleja: El protagonista tumbado en la cama es golpeado sin avisar por su compañero/a mientras está mirando las estrellas. Una entrega total (puños, látigos, todo por amor). Pero eso no es amor. Está fuera del amor. Es un amor sometido. No se puede luchar, los golpes van cayendo y no se pueden parar. Una impresionante sección de viento sostiene y marca el ritmo, un ritmo bluesy incrustado en una orquestación soul. Una voz apasionada, una fiebre que se balancea entre gemidos en medio de una tormenta de septiembre. Golpes. Viento. Trompetas. Saxos. Sexos.

8. Spiralling: Está desolado como un perro en celo. Está deshecho, incompleto. Se siente morir. Pero no sabe a dónde irá. Un lamento por una situación insoportable. Se siente congelado. Se percibe en espiral (y por ello no puede mirar a lo lejos).

9. Free At Last (North american Slaves Spiritual Chant Gospel): Alguien recita una oración en el paseo del cementerio (allá abajo). Alguien da las gracias a Dios porque será libre al fin. Porque podrá charlar con Jesús. Y su alma volará libre y alto. Pero eso ocurrirá una de esas mañanas brillantes y estupendas.

10. Bird Gehrl: Es una chica-pájaro al fin. De esas que saben volar (¡se palpa las alas para convencerse!). Y volará alto. Renacerá en el cielo. Se ha convertido en una chica voladora al fin.

ajfortodayLa tripulante Kowalsky se llevará este álbum en su viaje a las estrellas, pues sabe que el ciclo vital de los humanos contiene inevitables periodos de tormento y momentos de caída. La vida mezcla el dolor y el placer en proporciones inestables, a menudo a la vez, dando lugar a nuestras paradójicas y psíquicamente complejas existencias. ‘I am a bird now’ es un bálsamo ideal para acompañarnos en el desarraigo, en la expresión de lamentos profundos, en la aspiración a una vida mejor y, hasta cierto punto, liberada de la opresión propiciada por la mera presencia de nuestros congéneres. ‘I am a bird now’ es una declaración de orgullo, una aceptación de la diferencia, una abolición de las fronteras sociales basadas en supuestos trasfondos biológicos. Una declaración rotunda del vive y deja vivir. Y no hay nada más que decir.

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The Beatles – Rubber Soul

TheBeatles-RubberSoul_originalLa tripulante Kowalsky llegó al Instituto, entró en el aula y se sentó. Se sorprendió de ver el rostro lloroso de su compañero de mesa, desconsolado y mal dormido. El día anterior había sido un lluvioso 8 de diciembre, y, muy lejos de nuestro perdido territorio prepirenaico, John Lennon había sido asesinado por un desequilibrado que no había conseguido asimilar el tsunami que los Beatles habían desatado. No fue en Liverpool sino en Nueva York.

Gabriel Plana (GP), el citado compañero de mesa de Kowalsky, era un beatlemaníaco confeso y la muerte de Lennon le afectó más que si le hubieran anunciado el secuestro y posterior violación de su abuela a manos de un comando turco (nivel mínimo que Woody Allen estableció como umbral de lo inadmisible). La tripulante Kowalsky no entendía nada, y de hecho todo aquel affaire le traía sin cuidado. Principalmente porque entonces todavía ignoraba quién había sido Lennon y su determinante influencia, junto a sus compinches de Liverpool, en la conformación de los gustos y del modelo de explotación industrial de la música popular contemporánea. Al menos desde la generalización del microsurco (el LP a 33 ½ rpm patentado por CBS aparece en 1948, y el 45 rpm de RCA en 1949) hasta la reciente masificación del acceso a Internet.

Kowalsky inquirió a su colega explicaciones sobre lo que acababa de pasar. Así descubrió que, sin saberlo, ya tenía en su cabeza un buen número de canciones de The Beatles, adquiridas por simple ósmosis. Era inevitable, flotaban en el ambiente. Nadie que tuviera una radio a finales de los 60 o principios de los 70 podía permanecer ajeno de su influencia. Daba igual donde se viviera. Incluso en el alejado territorio fronterizo donde Kowalsky residía.

Kowalsky pidió a GP que le prestara una casete de The Beatles. A ser posible su mejor álbum, pues quería comprobar hasta qué punto las lágrimas vertidas eran razonables. Su interlocutor, tras unos balbuceos de duda, optó por ‘Revolver’. He ahí el mejor disco. O la mejor casete, para el caso. Sin embargo, al cabo de un rato, GP recapacitó y le dijo que le traería la cinta del recopilatorio azul, que reemplazaría por el álbum rojo al cabo de una semana, pues este era el tiempo máximo de duración del préstamo. “¿Y qué pasa con ‘Revolver’?” preguntó Kowalsky. “No lo entenderías” fue la lacónica respuesta de GP.

Suficiente para que la tripulante Kowalsky se sintiera impelida a bucear en el universo de los de Liverpool. ¿No lo entendería? ¿Cómo no iba a entenderlo si en su propio Instituto abundaban seres de dudoso IQ exhibiendo su infantil e irritante beatlemanía? Si incluso los políticos en televisión se atrevían a mostrar su simpatía hacia The Beatles. Si sus cancioncillas eran tarareadas por las madres de medio mundo, por vecinas poco viajadas o por insípidos trabajadores de la Caja de ahorros provincial. “Ella te quiere (ye, ye, ye)”, “Qué noche la de aquel día”, “Ámame”, “De mí para ti” o “Quiero tomarte la mano” parecían ser los más frecuentes e inocentes temas voceados por aquel cuarteto, envueltos en musiquillas propias de anuncio televisivo y cantadas con una actitud más bien adolescente, quizá levemente transgresora. Las típicas letras de amor y desamor, no demasiado diferentes al canon lírico de las coplas y pasodobles omnipresentes en la radio de la España franquista, o de los insufribles cantantes melódicos que copaban la programación radiofónica y televisiva de aquel 1980 que entonces tocaba a su fin. Y qué decir de la supuesta transgresión de los interfectos liverpoolianos, que, a juicio de Kowalsky, no pasaba de ser una nota simpática contra los gustos musicales de las élites del pasado. ¿Que Kowalsky no lo iba a entender? ¡Venga ese ‘Revolver’!

Pero la realidad es dura. Ciertamente, a Kowalsky le costó entrar en el universo Beatle y más aún captar el sentido de su trayectoria en el planeta Tierra, más allá de las banalidades publicitarias. Por eso hoy, en su viaje hacia las estrellas, no puede prescindir de algún retazo de su monumental legado. GP tenía razón: ‘Revolver’ es quizá el mejor de los discos de The Beatles. Pero Kowalsky ha optado por su inmediato predecesor ‘Rubber Soul’.

La productividad de The Beatles era muy elevada para los estándares de épocas posteriores. Transcurren poco más de 3 años desde su primer single (Love me do, 1962) hasta la publicación de su sexto álbum (Rubber Soul, 1965), con innumerables grabaciones entre medio (singles y EP’s). Rubber Soul es su sexto LP, lo graban entre octubre y noviembre de 1965 y lo sacan al mercado en diciembre, para que esté en los comercios en las navidades de ese mismo año.

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The Beatles en el Shea Stadium de New York, el 15 de agosto de 1965.
Fuente: http://www.voxac100.org.uk/images/bands_03/closeups/bands_03_08a.jpg

Tras acabar de grabar su anterior álbum (Help) en junio de 1965, los Beatles hicieron una breve gira europea que, además de varias ciudades de Italia y Francia, propició las dos únicas actuaciones que hicieron en España (el 2 de julio en Madrid y el 3 en Barcelona). Tras un mes de vacaciones, viajaron a los USA donde, además de hacer su famosa e inaudible actuación en el Shea Stadium de Nueva York (donde batieron el récord de asistencia a un concierto hasta la época), tuvieron varios encuentros que marcarían su carrera posterior. El más relevante parece ser el que mantuvieron con Bob Dylan (con quien ya se habían encontrado por primera vez en agosto del año anterior y a quien dejaron perplejo al reconocer que nunca antes habían consumido marihuana). En muy poco tiempo Dylan había expandido los límites del repertorio rock hasta territorios insospechados hasta aquel entonces (lo que le valió iracundas críticas de sus seguidores folkies). Hay que recordar que aquel mismo 1965 Dylan publicó dos discos fundamentales (Bringing It All Back Home y Highway 61 Revisited) que sin duda influyeron en los de Liverpool y en el resto del universo del pop y del rock de la época. Las consecuencias son perceptibles en Rubber Soul.

pcs3075_bSin embargo, la primera canción que graban para Rubber Soul es ‘Run for your life, una barbaridad indigna de su leyenda, al menos en cuanto a su letra machista sin paliativos. Pero la segunda que graban ya apunta indicios de las nuevas maneras: ‘Norwegian Wood’, uno de sus primeros temas escritos en forma narrativa (el crítico Ian MacDonald, consideraba que es la primera canción de los Beatles donde la letra es más importante que la música). Los Beatles, finalmente, quieren decir algo. A partir de este momento no sólo se dedicarán a expresar los sentimientos de la juventud de los 60 iniciándose en el consumo de masas, sino que además tendrán algo que decir, cuestionando esa misma sociedad que les encumbra (y, en parte, esto es lo que les hará perdurables). En ‘Norwegian Wood’ Lennon explica su recomposición de expectativas tras el encuentro con una chica que le invita a su habitación, donde estuvieron hablando y bebiendo vino hasta la madrugada, para después dormir cada uno por su lado (ella en la cama y él en el baño). Por su música podría ser perfectamente un clásico del folk, y abre una nueva dimensión en la música beatle.

El LP se abre con el contundente riff de ‘Drive my car’, otra de esas canciones de rítmica impecable en la que no sólo se describen sentimientos sino que ‘pasan cosas’: una aspirante a estrella le pide al protagonista (McCartney) que haga algo por ella, por ejemplo que sea su chófer, y así quizá consiga que le ame, aunque luego acaba por reconocer que ni siquiera tiene coche. El doble sentido erótico del asunto acaba por dar contenido a la historia. Bip, bip.. bip, bip… yea.

Pero la perla lírica del álbum es sin duda ‘In my life’, un melancólico retrato de las memorias pasadas a cargo de Lennon (un tema basado en un intento fallido de recuperar el Liverpool de su infancia, que retomaría un par de años después con más éxito en Penny Lane o Strawberry fields). Se trata de la canción más sentida, en la que los recuerdos a los que se fueron se compensan con la promesa de un amor contemporáneo:

“Hay lugares que recordaré toda la vida / Aunque algunos hayan cambiado / Unos para siempre, y no para bien / Otros han desaparecido, otros permanecen / Todos estos lugares tuvieron su momento / Con amantes y amigos que aún recuerdo / Algunos han muerto, otros están vivos / En mi vida los he amado a todos (…) Aunque sepa que nunca perderé el cariño / Por la gente y las cosas que ya pasaron / En mi vida… te amaré más que a nadie”

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John Lennon durante la grabación de Rubber Soul.        Fuente: http://24.media.tumblr.com/d2d3076defd1c861e12dfd805cc39a20/tumblr_mj1uybFojn1rir0glo1_500.jpg

La alienación humana en una sociedad cada vez más impersonal y errática no formaba parte del repertorio de la música pop, hasta que en ‘Nowhere man’ Lennon se dedica a describir sus sentimientos de inadecuación al entorno social en que vive. A pesar de su éxito popular y comercial, los Beatles también se sienten fuera de sitio, lo que les identifica con un enorme sector de juventud a la que las promesas de la sociedad de consumo les dejan sin horizontes. (Hay que recordar que 1965 es también el año de ‘(I can’t get no) Satisfaction’, de los Rolling Stones, quienes también se decantan a cantar las insatisfacciones y frustraciones juveniles). En definitiva, ‘Nowhere man’ es un tema que invita a la reflexión, con un acusado sentimiento nihilista que les aleja aceleradamente de los alegres acordes del she loves you yea yea yea de un par de años antes.

También George Harrison compuso un par de inspirados temas para Rubber Soul, como la suave y etérea ‘If I needed someone’, inspirada en un tema de The Byrds (“The Bell of Rhymney”) y evidenciando los primeros indicios de su creciente interés por la música clásica india; y, sobre todo, la dinámica y expresiva ‘Think for yourself, una exhortación a pensar por uno mismo, a rectificar y transformarse, con una innegable intencionalidad micropolítica en el contexto de aquellos tiempos.

El signo de los tiempos lo reflejan también Lennon y McCartney en ‘The word’, una canción basada en una sola nota y dedicada a expresar que la única solución radica en el amor, donde trasluce el ambiente de humo de marihuana que forma parte del grupo tras su encuentro con Dylan, y que puede ser leída como preludio de la contracultura hippy emergente (en aquel momento todavía reducida a algunas comunidades de California y de Londres, pero que eclosionaría un par de años después con el ‘verano del amor’).

En el disco, sin embargo, tampoco se olvidan de su amor a las mujeres, reales o ideales, a la manera más clásica del grupo. Así, McCartney refleja sus tensiones con su novia en ‘I’m looking through you y en ‘You won’t see me, donde se hace patente su preocupación por el distanciamiento que percibe entre ellos. También la mujer ideal es objeto de reflexión, y parece que tanto Lennon (con su ‘Girl’ de aires germánicos o centroeuropeos) como McCartney (con su ‘Michelle’ de estilo francés) optan por mujeres de ambientes artísticos y bohemios, de una supuesta elegancia europea. La ‘Girl’ de Lennon parece estar inspirada en Astrid Kirchher, la novia del exbeatle Stuart Sutcliffe, con quien coincidieron durante su periodo hamburgués de 1960-62.

What goes on era una canción de aire country cantada por Ringo Starr que el grupo llevaba tocando desde años atrás y que finalmente publicaron en este álbum. Y Rubber Soul se completa con ‘Wait’ un tema que sobró de las sesiones de Help, el disco anterior, y que no deja de ser un conjunto de tópicos románticos de lo más manido, en los que evidentemente no creían, y que su inclusión empezaba a ser algo incongruente con la nueva fase de su carrera.

Durante las sesiones de Rubber Soul, de octubre y noviembre de 1965, los Beatles iban tan sobrados que también grabaron ‘Day Tripper’ y ‘We can work it out, dos piezas maestras que editaron como single a la vez que el álbum.

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The Beatles en el Shea Stadium de Nueva York, una de sus últimas actuaciones en directo.
Fuente: http://www.voxac100.org.uk/images/bands_03/closeups/bands_03_08.jpg

El caso es que Rubber Soul constituye un claro punto de inflexión en el itinerario de los Beatles. A partir de aquí las cosas ya no serían igual. La inocente alegría popi-adolescente de sus primeros discos va quedando atrás. Su música se irá haciendo más y más compleja, principalmente porque en 1966 abandonaron las actuaciones en vivo y se centraron en las grabaciones de sus discos, convirtiendo el estudio en su local de ensayo, trabajo y creación. Algo que sólo ellos podían hacer gracias a sus ventas millonarias, pues EMI, su discográfica, puso a su disposición a los mejores ingenieros de sonido y los medios técnicos más avanzados del momento, contando con tiempo casi ilimitado para sus grabaciones. Todo ello, junto a su talento innato y adquirido, configuró un cóctel imparable que explica su relevancia artística y longevidad en el mundo de la industria discográfica.

Tal como GP dijo a Kowalsky el día de la muerte de Lennon, Revolver (1966) es el mejor, es el primer disco en el que coinciden todos esos elementos, y probablemente sea su hito discográfico principal. Posteriormente Sergeant Pepper’s (1967) mantendrá muchos de los valores y será un experimento interesante (quizá sobrevalorado, pero icono de una época), el Álbum Blanco (The Beatles, 1968) se expande en lo musical y literario pero ya muestra los síntomas de desintegración del cuarteto, y Abbey Road (1969) y Let It Be (1970) muestran los dignos e imperecederos restos del naufragio, con los Beatles y buena parte de sus compañeros de generación navegando como pueden a toda velocidad en una sociedad que se ha vuelto mucho más compleja. Pero Rubber Soul (1965) es el inicio de todo, es la palanca mediante la que el cuarteto toma impulso y salta a otra dimensión, pasan a jugar en otra liga, suben de pantalla y ya no vuelven a caer. Ni siquiera después de muertos.

Hasta el día de la muerte de Lennon, para la tripulante Kowalsky el 8 de diciembre no era más que la fecha de aniversario de la revolución anarquista de 1933, un peculiar episodio histórico que en su pueblo tuvo como consecuencia el destierro y posterior exilio a Francia de varios de sus parientes. A partir de entonces dicha fecha amplió considerablemente su significado, incluyendo las vicisitudes del universo pop-rock, lo cual supone un nexo de unión con muchos otros atribulados tripulantes del planeta Tierra. La tripulante Kowalsky, tras escuchar durante una semana el Álbum azul y otra semana el Álbum rojo, gentileza de GP, se olvidó durante muchos años de la magia de The Beatles y se adentró en otras músicas más duras.

Varias décadas más tarde, en 2003, mientras residía en la ciudad de Edimburgo, experimentó un episodio de reconciliación con el pasado que le llevó a revisitar con detalle la discografía completa de Led Zeppelin. Durante varios meses este grupo se convirtió en parte fundamental de su banda sonora cotidiana, junto a la obra de Leonard Cohen (por motivos diferentes, como algún día quizá nos explicará). Sin embargo, un día, mientras recorría las estanterías de la megastore de la ciudad escocesa, se fijó en la carátula de un CD que, tras ser religiosamente adquirido, fue añadido sin remedio a aquella banda sonora de su periplo edimburgués. Aquel CD era Rubber Soul, Kowalsky lo disfrutó de lo lindo, y ahora lo ha escogido para su viaje a las estrellas, pues sabe de su poder reconfortante para sobrevivir en lugares ajenos.

The Clash: London Calling

La tripulante Kowalsky acaba de subir a bordo una copia del London Calling, el mítico doble álbum de The Clash. De la misma manera que en materia de cine se habla de un periodo clásico marcado por el Hollywood de los años 50 y 60 y que fue el principal generador de mitologías audiovisuales del siglo XX, existe también un periodo clásico en la música popular marcado por la industria anglosajona durante los años 60 y 70, que se iniciaría con los primeros Beatles y cuyo colofón podría ser precisamente The Clash. Ellos, que precisamente habían surgido para borrar del mapa a los dinosaurios que se habían enseñoreado de la escena rock de los 70, acabaron por ser una de las últimas bandas que consiguieron un estatus mitológico equiparable a las de la época clásica. Como decía René Char, a menudo luchar contra un monstruo te acaba convirtiendo en un monstruo.

Tras su primer álbum, el seminal The clash (1977), una muestra de punk urgente con un alto grado de carga ideológica que les distanciaba del nihilismo imperante entre los grupos homologables de la época; y tras su segundo LP Give ‘em enough rope (1978), siempre punk pero tendiendo a un sonido rock más clásico; en 1979 se descuelgan con London Calling, un doble álbum que lo tiene todo: rock, reagge, swing, ska, pop, folk, soul, punk, un sonido impresionante y unas letras arrolladoras. Y una carátula también mítica que transmite la fuerza y la rabia de ese puñado de temas, un diseño basado en el primer álbum de Elvis Presley con una foto desenfocada de Paul Simonon rompiendo su bajo al finalizar un concierto de aquel mismo 1979.

Foto: Pennie Smith (Fuente: rockdelux)

El álbum se abre con London Calling, el tema que da título al disco, con Joe Strummer gritando al mundo desde un Londres que sufre algo parecido al invierno nuclear que todos los noticiarios de la época pronosticaban. No hay que olvidar que a finales de los 70 y hasta mediados de los 80 el mundo vive un repunte en espiral de la guerra fría, con los bloques capitalista y comunista enzarzados en una dura carrera armamentística, donde la amenaza de un ataque nuclear parecía estar a la vuelta de la esquina. Ello sin dejar de lado los primeros accidentes nucleares civiles, que dieron alas a un potente movimiento de protesta mezcla de pacifismo y ecologismo a la búsqueda de un nuevo modelo social y político. La crisis del petróleo que había sacudido el mundo occidental a partir de 1973 ya había hecho notar sus efectos en amplias capas de la sociedad occidental, y en la Inglaterra de 1979 ya se había llevado por delante buena parte de las políticas de protección social de la década laborista. La llegada de Margaret Tatcher al poder en Gran Bretaña aquel mismo año (Ronald Reagan lo haría al año siguiente en EEUU) y el consiguiente inicio de la ola neoliberal y del desmantelamiento sin complejos del estado del bienestar se traducirían en numerosos conflictos en la Inglaterra de la época. Es en este contexto en el que se genera y difunde el punk (por parte de unos avispados hombres de negocios, no hay que olvidarlo), y donde aterriza el London Calling de los Clash. Sin embargo, aquí no se trata ya simplemente de nihilismo y de la urgencia adolescente por pasar a la acción, sino que hay espacio para la búsqueda y la reflexión. Son temas para escuchar a todo volumen, para la descarga de adrenalina que su público exigía, pero también para ‘hacer pensar’, para el compromiso político. Aunque era un compromiso bastante tópico y a veces insustancial, no dejaba de ser algo anómalo en la industria cultural discográfica de la época. Nos encontramos pues con una banda que emite propuestas antisistema, pero que graba para la CBS, la multinacional que mejor representaba el sistema capitalista de la época. Nada nuevo bajo el sol, la típica contradicción del artista punk que acaba por ejercer de estrella en el escaparate de la fama.

En London Calling hay sorpresas poco previsibles, como la conexión caribeña que permite pensar en un mundo más amplio en el que imaginar nuevas salidas al oprimente ambiente social de la época (Revolution Rock, Wrong ‘Em Boyo, Rudie Can’t Fail), la dimensión internacional e histórica de la propuesta con referencias a la guerra civil española y a sus poetas asesinados (Spanish Bombs), las referencias al rock and roll primigenio (Brand New Cadillac) y al swing (Jimmy Jazz), a personajes del cine clásico (Montgomery Clifft), la crítica al individuo que no se rebela contra el sistema, o que ha pervertido sus ideales (Clampdown), y un largo etcétera por el cual no hay ningún tema superfluo ni prescindible, cosa más bien rara en los álbumes dobles.

La tripulante Kowalsky se hizo con una copia en cassette (pirata) de este álbum en 1985, cuando The Clash todavía existían (si bien con sólo la mitad de sus miembros originales) y Joe Strummer deambulaba por Madrid pensando en qué hacer con su vida (tal como ha explicado Santiago Auserón en su blog La Huella Sonora), e incluso aprovechó para producir un estupendo álbum de los 091 (Más de cien lobos), si bien su labor resultó frustrada por la incompetencia de los ejecutivos de la discográfica de los granadinos. The Clash se disolvieron oficialmente a principios de 1986, quemados por su propia inercia.

Foto para la portada de Sandinista!
La tripulante Kowalsky recuerda haber visto, en 1981, la presentación de este álbum en el telediario nocturno de Televisión Española, en horario de máxima audiencia, donde el típico presentador de semblante más que serio se deshacía en elogios hacia la banda y su nuevo disco. Lo cual da una idea de cómo la CBS se gastaba el dinero en la promoción de los supuestamente antisistema y marginales The Clash. A ver quién lo supera.

La tripulante Kowalsky habitaba en una ciudad Norteafricana, en aquel año de 1985, cuando un soldado de leva que intentaba regresar a la península Ibérica le proporcionó la mencionada cassette. Hasta varios años más tarde, por lo menos hasta mediados de los 90, no consiguió tener el London Callingen CD, e incluso más tarde se llegó a comprar la versión ampliada con tomas preliminares que se editó en 2004, que es la que se llevará en su viaje interestelar.

Pero London Calling no fue el primer álbum de The Clash que llegaba a la musicoteca de la tripulante Kowalsky, puesto que desde hacía dos o tres años disponía ya de una cinta grabada con el Sandinista!, el disco triple que editaron en 1981, un batiburrillo de temas muy interesantes mezclados con otros más insustanciales o simplemente anecdóticos, grabados al revés o intercalados con noticias de la radio (un concepto que posteriormente desarrollarían a fondo los Mano Negra de Casa Babylon). Lo que marca la diferencia con London Calling es que éste fue producido por Guy Stevens, un extravagante personaje que supo sacar lo mejor de los músicos y que hizo de muro de contención de sus numerosas y naturales extralimitaciones. Algo que nadie se atrevió a hacer en Sandinista! Se cuenta que Guy Stevens les aterrorizaba en el estudio tirando sillas, exclamando insultos, rompiendo botellas, llenando el piano con cerveza, etc., hasta generar un ambiente adecuado para que los músicos rindieran lo esperado. A la vista del resultado, lo hicieron sin duda.

The Clash aún facturarían el notable Combat Rock (1982), con temas memorables como Fight for your rights, Rock the Casbah o Should I stay or should I go (con el que sorprendentemente triunfarían años después de que el grupo desapareciera… ¡gracias a su inclusión en un anuncio televisivo de pantalones!). Posteriormente Topper Headon y Mick Jones serían expulsados por el mánager y reemplazados para grabar un último álbum más bien penoso (Cut the Crap), del que los propios Strummer y Simonon se desentendieron antes de acabarlo. Triste final para tan excitante aventura, si bien es un resultado lógico de acuerdo con la propia dinámica de la banda desde sus orígenes. Nada de lamentaciones.

Como todas las obras maestras, London Calling fue repudiado por un importante sector de sus fans que no soportaban tanto eclecticismo ni eran capaces de asumir semejante libertad creativa. Pero constituyó un punto de referencia ineludible para varias generaciones posteriores. La tripulante Kowalsky lo lleva consigo a donde quiera que vaya, y en su viaje a las estrellas resulta insustituible para entender cómo se vivió una vez en el planeta Tierra.