Ferrobós: Círculo de fuego

La tripulante Kowalsky ha llegado esta tarde a bordo con Círculo de Fuego, el primer y único álbum de FERROBÓS, un grupo que existió en la ciudad de Zaragoza entre 1982 y 1990. La banda la componían Jesús Trasobares (guitarra), Eduardo Jimeno (bajo), Sergio García (batería) y Gabriel Sopeña (voz y guitarra, y principal compositor del grupo), a los que hay que añadir el característico saxo de Manuel Enguita como quinto miembro en la sombra. Durante su existencia fueron uno de los puntales de la escena musical y cultural de aquella ciudad durante los agitados años 80 del pasado siglo.

El grupo se hizo muy popular en Zaragoza porque fue uno de los ganadores de la Muestra de pop, rock y otros rollos, que se celebró en la ciudad en 1984, evento que se considera el pistoletazo de salida que conecta el ambiente artístico de la ciudad con la efervescencia que se vivía en otras ciudades de España, principalmente con la llamada Movida madrileña.

Círculo de Fuego no fue editado hasta 1988 por la discográfica independiente local Grabaciones Interferencias, (promovida por el bar del mismo nombre) y recopiló lo mejor de su repertorio hasta la fecha, unos temas repletos de energía y rebosantes de actitud, con afiladas guitarras, contundente base rítmica y unas letras tan lúcidas como emocionantes. Para la tripulante Kowalsky, eran unos textos capaces de dejar en ridículo al 90% de los letristas del pop y el rock de las últimas décadas.

En 1987, un año antes de sacar su álbum, el grupo había dado a conocer varios de sus temas en un par de discos recopilatorios de grupos aragoneses, como el titulado Monegros (donde aportaban dos temas: “Demonios entre el humo” y una versión de su posterior “¿Dónde estás ahora?”), y el Sangre Española (donde aparecían versiones previas de tres temas que posteriormente irían en su primer álbum: “Si hay una guerra“, “Me das un minuto” y “Resaca“).

La tripulante Kowalsky, que ya había oído por la radio local algunas de estas canciones, tuvo ocasión de ver al grupo en directo hacia principios de 1988, e incluso de entrevistar al cantante y compositor (Gabriel Sopeña) con motivo de unas colaboraciones radiofónicas que en estuvo haciendo durante aquella época. Por ello, Kowalsky esperaba la aparición de Círculo de fuego como quien espera la lluvia en el desierto, si bien con el temor de que las expectativas creadas no pudiesen ser satisfechas. Parecía demasiado bueno para ser cierto.

El álbum se publicó durante la primavera de 1988 y la tripulante Kowalsky no se lo podía creer. ¡Era aún mejor de lo esperado! Las nuevas versiones de antiguos temas superaban lo publicado previamente! ¡Y qué decir de los nuevos! Se trataba de un ramillete de canciones que por sí solas generaban un mundo nuevo, dibujaban una historia en la que reconocerse y con la que medirse, unos anhelos por los que suspirar, unas imágenes fortísimas con las que ilustrar su errático deambular por la vida.

El álbum se abría con “Si hay una guerra”, en una versión más guitarrera que la previamente aparecida en el recopilatorio Sangre Española. El tema es toda una declaración de intenciones:

Al diablo con lo que se supone que tengo que hacer / voy a agarrarlo todo ¡voy a volver a nacer!”;

Repleto de certeras metáforas:

Voy a alcanzar contigo la línea del horizonte / hasta sentir que la historia canta para mí”;

De sentencias elocuentes:

Para llegar a triunfar sólo hay dos caminos: o mentir perfectamente, o creérselo hasta el fin”;

Y con un estribillo de simetrías y oposiciones impagables:

Si hay una guerra quiero hacerla en tu boca /

Si hay una paz quiero tocarla en tu piel /

Si hay un infierno quiero olvidarlo contigo /

Y si hay un cielo lo robaré para ti

Todo ello cantado con una voz cuya emoción y rabia procedía de la mismas entrañas. Imposible escucharla sin sentir un zarpazo en el estómago. A la tripulante Kowalsky todavía se le eriza el vello de la nuca al oírla.

La segunda canción era “De espaldas al cielo”, firmada a medias por Gabriel Sopeña y Jesús Trasobares. De guitarras rotundas y estructura tendiente al heavy, con unos estribillos que remontan el alma, y una voz que delinea con rotundidad el clima del tema. “De espaldas al cielo” tiene sin duda la letra más dura y reivindicativa del álbum, con una elaborada descripción de las miserias sociales, políticas y económicas de nuestra época. El inicio ya deja claras las intenciones:

He nacido donde el sol manda en la noche / donde la sangre hace la ley

Donde se prefiere un ruido de pistola / al latir de un corazón

El tono se repite en el resto de versos. Por citar un simple fragmento:

He nacido donde el torpe es el que ordena /

Donde el idiota firma un papel /

Donde el demente reza ‘¡que Dios me bendiga!’ /

Mientras me apunta hacia la sien

“De espaldas al cielo” es una canción de rabia ante la desesperación, de profunda desconfianza hacia los poderes, hacia los supuestos salvadores, de resistencia ante explotación y el sometimiento. Estás jodido y nadie vendrá a resolver tus problemas, te han engañado, date cuenta. El estribillo se engancha a la memoria como un condenado riff, remarcando la inutilidad de esperar que nuestras soluciones provengan de las alturas.

Me han dicho que una cruz me lleva al cielo /

Pero esa cruz la cargo yo. Y no veo la luz

Cristo de San Juan de la Cruz (Salvador Dalí, 1951) (Fuente: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/8/8c/Christ_of_Saint_John_of_the_Cross.jpg)

La canción, después de llevar al oyente hasta el borde del abismo, efectúa una pausa que, tras unos segundos de vacilación, da inicio a la hipnótica repetición de un nuevo estribillo con un ritmo trepidante hasta el fade-awayfinal. Una traca final de regusto bíblico, con referencias al mito de la crucifixión cristiana, que nos recuerdan que, al menos, él tenía al cielo de su parte, mientras que nosotros no contamos con esa suerte.

Qué difícil ver la luz / si en tus manos se abren huecos

Estoy clavado a la cruz / pero de espaldas al cielo

Para la tripulante Kowalsky, tras su audición es imposible no acabar exhausto.

La combinación de ritmo y voz es impecable, consiguiendo una atmósfera tan dura como cargada de romanticismo. Porque, en definitiva, el texto va desgranando una serie de premisas de las que el oyente deberá extraer su propia conclusión. La tripulante Kowalsky lo vio claro: corre por ti misma o nadie lo hará por ti. “De espaldas al cielo” no transmite energía, sino que la produce como si fuera un generador de alta potencia.

No puedo mirarte” es el tercer tema del álbum, el único firmado por el guitarra Jesús Trasobares en solitario. Aborda de manera muy inteligente el tema del desamor (“tus ojos son el mar de mi derrota”), un tema clásico en el mundo de la canción popular. Se inicia con un bajo sincopado sobre el que un saxo va desplegando su sensualidad con una intensidad creciente, hasta que Sopeña introduce los primeros versos “Cuando sólo noche esconde tu mirada…”. A partir de ahí el tempo va creciendo mientras la letra va describiendo el estado de ánimo de quien se siente derrotado ante la incapacidad de resolver a su favor una relación de pareja. Una canción que crea un ambiente propicio para recogerse y lamerse las heridas. Y quizá la mejor grabada del disco.

Cuando no hay preguntas para las respuestas

Cuando un puño en la pared habla por los dos

La cuarta canción, “Resaca”, fue un clásico en la Zaragoza de la época. Fue de las más radiadas, apareció en varios recopilatorios, y se convirtió en algo así como la firma representativa del grupo. Con unas guitarras rítmicas constantes en su ida y vuelta, que en la versión del álbum son más recias que en la versión más acústica aparecida previamente en el recopilatorio “Sangre Española”. La tripulante Kowalsky quizá prefería la versión acústica. Pero lo mejor llega con la lírica. Con una estructura llena de simetrías, la letra es toda una lección de como combinar sensibilidad, dureza y erudición. Es una canción que no se puede escuchar sin salir más sabio, más consciente de los pliegues de la vida.

Ferrobós en la foto de la contraportada del recopilatorio Sangre Española (1987)

La canción nos habla de tres resacas vitales:

  • La ‘resaca de amor’ que uno experimenta cuando se da cuenta de que “no representa nada para ti / el boquete que se ha abierto en tu almohada”; es decir, el lamento herido y solitario de un amor finalizado a destiempo.
  • La ‘resaca de Dios’ que sobreviene cuando uno observa que vive en un lugar donde “cualquier guerra es una bendición / cualquier ataque es un regalo / y la paz es un sustantivo sin identidad” y sólo le queda intentar escapar, pero sin tener muy claro hacia dónde.
  • La ‘resaca de alcohol’ en la que cae uno cuando se da cuenta de que “lo que hay que encontrar / hace tiempo que dejó de importar”.

Es definitiva, una síntesis perfecta de los retos a los que se ha de enfrentar un humano cualquiera en su devenir por el planeta (y por el espacio exterior, como es el caso de la tripulante Kowalsky). Todo ello declamado sobre un ritmo hipnótico de raíces entre springsteenianas y dylanianas que le dan ese aire clásico. Si lo llevara, la tripulante Kowalsky no podría hacer otra cosa que quitarse el sombrero.

La quinta canción, que cerraba la primera cara del álbum, era una actualización de “¿Dónde estás ahora?”, un tema vitalista que, a partir de una guitarra acústica arpegiada, despega con una sección de viento que lanza todas las campanas al vuelo. Nada tan optimista como unos buenos metales, trompetas a trombones de todos los tamaños y bien dosificados, pero que contrastan con la enigmática letra del tema. Se trata de la letra más abstracta del álbum, a medio camino entre el surrealismo onírico daliniano y las imágenes expresionistas del cine alternativo de los setenta. Toda ella redactada en forma de una serie de preguntas para las que no se espera respuesta, puesto que se trata al oyente como si ya las supiera:

¿Dónde estás ahora que el ruido está vivo / Y el neón cae rendido a tus pies?

¿Quién modeló tu figura al trasluz / Y plantó guitarras en tu talle?

¿Quién con arena te dio de beber / Y te hizo guardián de la calle?

Sólo sugerencias para que el oyente las lleve a su terreno y las tenga que hacer suyas. Como un buen cocinero, Sopeña no parece nada partidario de masticar la comida que ofrece. Si nos han dado dientes es para morder.

En la época de los vinilos, cuando acababa la primera cara procedía darle la vuelta. Y la primera canción de la segunda cara era la que daba título al disco: “Círculo de fuego”. Está firmada por el tándem Sopeña / Trasobares. Aparentemente, se trata de una canción a la vez de reproche y de advertencia, aunque los motivos permanecen incógnitos. Con todo, transmite también una actitud optimista, dado que el narrador se permite la elegancia de darle una salida a la persona objeto de los reproches.

Si no quieres reventar con tu propio veneno  / debes romper de una vez el círculo de fuego

Se trata de una cuestión fundamental: me has decepcionado, no estoy nada de acuerdo contigo, quizá ni con tu forma de ser, incluso me has hecho daño, pero mereces seguir adelante y te procuro una salida digna. Esta actitud, de reconocimiento de la humanidad del otro, aunque se trate de un potencial enemigo, es lo que a la tripulante Kowalsky le sirvió para orientarse durante una temporada por este “valle de las sombras y de la muerte” (como decía Lennon) y salir indemne.

El tema está vestido musicalmente con unas guitarras limpias, poco saturadas, salpicadas de breves notas de saxo, que se podrían confundir lejanamente con algunas canciones de Nacha Pop. Parecería un tema nuevaolero si no fuera por la letra. No obstante, la tripulante Kowalsky prefiere una versión totalmente acústica que escuchó en un concierto de Ferrobós en la Sala “En Bruto” de Zaragoza en mayo de 1989. A causa de su frecuentación de ciertos bares zaragozanos de la época, consiguió hacerse con una copia de dicha grabación y ha decidido que también la subirá a bordo de la nave espacial. Será una grabación indispensable para un viaje hacia las estrellas.

Línea 30” es el siguiente tema. Una declaración de amor a la inversa. Un acto de reafirmación y autoestima que traslada la iniciativa a la persona amada. Un bombazo metafórico que da una idea de las posibilidades del grupo. Gruesas guitarras marcan la pauta a un ritmo complejo en el que bajo y batería hacen malabares, mientras una voz rotunda declama su valía ante el mundo, y, en particular, ante otra persona a la que aparentemente se quisiera cazar mediante unos versos implacables e inspirados :

“Hay una fina línea entre tus labios /  que sólo esconde el miedo de ser tú / Deja que tu piel trague fuego en vez de libertad”

“Y yo te digo que siempre hay una perla / en el fondo de cada deseo / Y que atraparla depende de lo cerca que duermas de mí”

Pero, como en la más clásica tradición del bolero o el corrido, el amante no piensa mover un dedo. Lo fía todo a su exhibición, tal es su valía que se trata de que sea la otra persona la que demuestre su amor, la que se movilice para materializarlo. De ahí que el estribillo repita incansable una idea muy simple: “Toma la línea 30 y ven”. La 30 era la línea de autobuses que conectaba el centro de la ciudad con el barrio de Casablanca, donde Sopeña vivía y el grupo ensayaba. Una actitud muy propia de la época de la “autosuficiencia” de los 80: Soy tan bueno que tendrás que venir a por mí. Era un país que se sacudía los complejos del pasado a marchas forzadas, lo cual a menudo requería aparentar una autoestima exacerbada. Pisando fuerte.

La siguiente canción era “Río Abajo”, un tema que alcanzó una cierta popularidad en la Zaragoza de entonces y que utiliza la metáfora del viaje (el descenso de un río) para dar cuenta de ciertas decisiones vitales. Sigue la fórmula de las dicotomías o relaciones entre contrarios, que sirven para desvelar falacias comúnmente aceptadas como ‘norte y sur’:

Decir ‘norte y sur’, es decir ‘bien y mal, blanco y negro, delante y detrás

A lo que el narrador muestra su desacuerdo proponiendo un criterio propio (retorna el sentido de autosuficiencia, o más bien de romper con el lastre de lo heredado, al estilo machadiano del ‘se hace camino al andar’):

El sol siempre sale por donde quiero mirar

Ferrobós tocando en el BV80, mítico bar zaragozano.

El tema estaba firmado por Sopeña / Trasobares, y formalmente tenía dos peculiaridades: por un lado, el instrumento más característico era un violín (tocado por Carlos Gonzalvo), lo que le daba un aire country (o incluso medieval!); y, por otro lado, estaba cantado a medias entre el propio Sopeña y Mauricio Aznar, entonces carismático cantante y compositor del grupo Más Birras. Se trata del único tema en que aparece un cantante solista externo (si bien hay varias personas que hacen coros en varias canciones, como Mariano Chueca, líder de Distrito14, o Josean López, técnico de los estudios de grabación Tsunami de San Sebastián). Se trata sin duda de un buen tema, con un ritmo y melodía bastante pegadizos, pero quizá una canción menor en el conjunto de este álbum, puesto que está lejos de la sensibilidad e intensidad de varias otras incluidas en el mismo.

A continuación viene “Me das un minuto”, una canción que a raíz de su aparición previa en el recopilatorio Sangre Española se hizo un hueco en la programación radiofónica especializada de la ciudad, por lo que se convirtió un poco en el estandarte del grupo. Es un tema de desarrollo largo (de hecho, tiene dos partes separadas y perfectamente distinguibles, con diferentes ritmos y estribillos, algo que también habían hecho en “De espaldas al cielo”), con un ritmo trepidante, basado en un riff de guitarra intenso y elocuente, que imprime la sensación de urgencia que desprende toda la canción.  “Me das un minuto” narra la historia de un desamor brusco y sobrevenido, donde el protagonista pide “un minuto para olvidarte” y para largarse bien lejos. Es la crónica de una huida desesperada, una canción de carretera con imágenes surreales que acrecientan la ansiedad de quien huye.

Escurro mis deseos sobre el acelerador / mientras la realidad come a dos carrillos / Quiero decirte ‘ven’ y te digo ‘vete’ / quiero saber qué estoy haciendo aquí / tragándome la fiebre de la madrugada / lanzando mis pupilas contra la nada

No sé dónde acaba esta lengua de asfalto / que lame mi visión hasta conseguir desconectar / mis sentidos de la luz y hacer me sólo una mitad

El huido quisiera que todo siguiera igual, pero sabe que no puede regresar, la huida es su única opción. Ha sido rechazado y su destino es seguir por la carretera hasta que salga el alba e incluso más allá. Difícilmente se podría decir mejor con otras palabras, difícilmente se podría expresar más con menos, tras este texto y música difícilmente Sopeña se podrá superar a sí mismo en el futuro (aunque a veces parezca que casi lo consiga).

El tema realmente romántico del álbum es “Sangre de la luna”. La balada. La lenta. Con un acompañamiento acústico casi minimalista, con gotas puntuales de un saxo que gime a la luz de la luna. Es una declaración de amor que, sobre todo, huye de los tópicos babosos al uso. El texto descansa parcialmente en el juego de conceptos complementarios (voz / eco; sangre / corazón), y en la sentida declamación de Sopeña resulta sobrecogedor. Intimista e irracional, se propone una relación donde “cualquier principio parecerá un fin”. O como reza el estribillo:

Tu voz es sangre de la luna,  y yo/ sólo seré un eco de tu corazón

El vinilo finalizaba con esta canción, pero en realidad no era la última del álbum ya que en la versión ‘cassette’ se incluía un tema extra (que también fue utilizado como cara B del single): “Pon fuego en mis manos”. Resulta difícil comprender cómo una canción de este calibre se pudo dejar fuera del disco. “Pon fuego en mis manos” lo tiene todo: una melodía excelente, una letra impresionante, una interpretación demoledora, sensibilidad y romanticismo hasta morir, brutalidad. Todo. A partir de unos arpegios de guitarra sobre los que caen como una tromba los golpes de batería, se despliega una inaudita declaración de amor:

Toda mi sed es una fuente en tu voz / Tu silencio es mi mordaza

Es sencillo, chica, es simple, esta guitarra habla claro:

Si te has sentido libre un solo instante, mi vida vale algo

Si te has sentido libre un solo instante, pon fuego en mis manos

La letra retoma las simetrías conceptuales entre términos opuestos y complementarios (sed / fuente; silencio / mordaza; sombra / luz; etc.), con imágenes y metáforas de la mejor tradición:

“Tu roce, casi a carne abierta, escarba precipicios en mi piel / y el último abismo me hace caer, clavando la espada en la pared”

“En la certeza de tu ternura sólo soy la sombra de una historia que fue luz”

No hay mejor manera de acabar.

La formación que grabó este disco llevaba junta desde 1982, pero justo después de su edición, en 1988, se separó. Una verdadera lástima.

Maqueta (1989)

En 1989 el grupo reapareció con una nueva formación en la que se mantenían Gabriel Sopeña y Jesús Trasobares, y se incluían tres nuevos miembros: Gavilán Hernández (batería), Raúl Martí (bajo) y Rafael Santos (percusión); a los que se añadía Manuel Enguita al saxo (quien ya era anteriormente el quinto miembro en la sombra, y que compaginaba su labor de saxofonista también con Más Birras). Esta nueva formación grabaría en 1989 una Maqueta de cuatro temas (“San Juan”, “Rosas en la carretera”, “Cisjordania” y “Dime”), que manteniendo un sonido contundente, unas melodías vitalistas y unos textos más que notables, abrían nuevos caminos hacia fronteras musicales más “étnicas” (como era el caso de los destellos latinos en “San Juan” o de los riffs arabizantes de “Cisjordania”).

Entrada del concierto de Ferrobós en la Sala En Bruto, 24 de mayo de 1989. Este concierto fue retransmitido posteriormente por Radio 3.

Aquella nueva formación dio algunos conciertos durante 1989, pero en pocos meses también se disolvió. Algunas de estas últimas canciones fueron recuperadas en el siguiente proyecto de Gabriel Sopeña, El Frente, donde continuaban Jesús Trasobares, Manuel Enguita y Gavilán Hernández, además de José A. Coronas como nuevo bajista.

El Frente grabó dos excelentes álbumes con la discográfica independiente donostiarra ES-3 Records, producidos por Iñaki Altolaguirre.  Estos álbumes, Otro lugar bajo el sol (1991) y Barcos (1992), contenían un puñado de canciones realmente impresionante, como las dos que dan título a ambos discos o como algunos temas inéditos recuperados de la época de Ferrobós (como “Tengo miedo”, “Tócala otra vez”, etc.). Estos discos no tienen desperdicio, pero eso ya es otra historia (quizá “la sombra de una historia que fue luz”). Aquí se podían escuchar algunas de estas canciones.

Por su parte, Gabriel Sopeña un par de años más tarde, a través de los contactos propiciados por el productor Iñaki Altolaguirre, empezaría a colaborar con Loquillo, una colaboración que será providencial para ambos y que, en cierto modo, dará forma a los últimos veinte años de carrera de Loquillo. La tripulante Kowalsky lamenta profundamente la desaparición de Ferrobós y de El Frente, pero reconoce son cadáveres bonitos que dejaron su huella grabada, por lo que en el fondo tenemos suerte de poder disfrutar de aquellos momentos de historia musical simplemente activando el “play” de cualquier artilugio musical. Pero eso también es otra historia, y la tripulante Kowalsky debe descansar para el viaje.

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